"Maravilla" en la cima del mundo

Sensaciones y apuntes de la resonante victoria (GKO2-1'10") de Sergio "Maravilla" Martínez sobre Paul Williams en lo que significó la primera defensa de su Título Mundial (WBC 160lbs).

por Vicente Clemente (VIN)

Combate curioso, fabuloso, inolvidable por infinidad de razones. Varias ya racontadas con impecable claridad -como habitual- por la cobertura de Rapote para KO12. Muchas se escapan, porque es imposible abarcarlas todas. Voy a señalar solo un par de apuntes...

Aunque emborrache la percepción rebobinarlo, una y mil veces, todo sigue siendo real. Ya pasó. Se disfrutará en plenitud por mucho tiempo. Cómo fue, con todos sus ingredientes, con lo fabuloso y lo inolvidable, lo vergonzozo y lo atribulante. Es además intenso. Lo visual, lo auditivo, lo sorpresivo. La descompresión de haber zanjado las pocas dudas que acechaban, previo a esta revancha. Desde que, el combo visual, vertiginoso, de ese guante negro, del torso volcado, del brazo izquierdo cargado de pimienta y de toda la enjundia del gesto del quilmeño aterrizara haciéndose añicos sobre la quijada del totem de Augusta, produciendo ese tremor inconfundible, seco, como de tierra sacudida, que surcó "sónicamente" el aire, sin dar tiempo al pensamiento... Desde esa milésima que antecede al apagón visual y vital de Paul Williams, esa oscuridad mental por la que toda su humanidad se desplomó después, como resultado, quizás más a merced de la brisa del ring que de la gravedad, y desde es momento en que sonó ese gong somnífero, todo el tablero del boxeo mundial se ha vuelto a modificar dramáticamente.

A una semana del fenomenal tsunami de Pacquiao, ya no nos podremos volver a meter en el mismo mar, otras aguas bañan ahora las mismas costas. No hacía falta verlo caer a Williams, con los ojos blancos y para atrás, ni atender el posterior recorrido de Martínez (transcurría todo en cámara lenta); el estadio entero, todo el mundo televisivo, cualquiera en cualquier parte del mundo, sabía con absoluta claridad y certeza que el asunto competitivo se había terminado.

Importaba, eso sí, algo infinitamente superior a la contienda, como es la vida de un contrincante, de un circunstancial adversario, admirado incluso por el mismísimo vencedor, eso es lo que metía más miedo al contemplar. Y a pesar de que los auxiliares y el médico invaden el ring con remarcables reflejos, se vive en esos momentos una de las escenas más tétricas, aborrecibles, descarnadas y brutales, más innecesarias que el mismo KO2, que hubiera podido suceder una y otras mil veces de maneras distintas, significando siempre el mismo triunfo. Azorado, uno ve al referee, que tenía a cargo la tarea de garantizar la imparcialidad y la seguridad reglamentaria, que lleva a cabo un conteo airado, "actuado" y para las cámaras, como si nada, sin inmutarse en lo más mínimo ante el desfallecido Williams, que había quedado más pálido de lo que es y que estaba tendido enteramente sobre sus brazos, y boca abajo. Después, trascendería también, que las otras tarjetas de los jurados (es decir las tres) llevaban ganador al norteamericano en el primer asalto. Eso pone de relieve una realidad sombría que felizmente no fue determinante, por intercesión y determinación del brillante ganador. Queda entonces claro que no podría suceder de otra manera. Que hubiera sido imposible torcer la "objetividad" y la "voluntad" de tan particulares fiscales por otra vía. Y queda claro que de haber transcurrido los doce rounds, Martínez hubiera salido perdedor otra vez, sin importar cuánto hiciera arriba del ring o cuánto dejara de hacer su rival.

Lo que se ahorró Martínez por concebir esta estrategia de apostar todas las fichas a conseguir el nocaut y no los puntos, es inmenso, muchísimo. Por eso, al platillo de las grandes ganancias, no habría que dejar de subir todo lo que reporta, para la confianza del boxeador "metido en la huella" -en este caso uno que viene luchando por el reconocimiento mundial desde hace una década- el alcanzar primero una corona mundial de prestigio, validando tal logro de manera brillante y luego, sin perder el envión, sortear la primera defensa de la manera más contundente que se pueda concebir.

Dice el dicho que ningún boxeador consolida totalmente su confianza hasta que se ve Campeón. Con tanto desparramo de cinturones y picadillos de divisionales enturbiando la apreciación del boxeo de hoy, aveces cuesta discernir quién es un verdadero campeón. La caminata de Sergio Gabriel Martínez llega felizmente a un final. Al momento de asestar ese zurdazo mágico y antológico, se viene a topar con un cartel enorme y sorpresivo, que le informa: "cima absoluta del mundo". Mirando alrededor, lo que quedó en pie, no habría mucho más remedio que concluir que ese es el lugar.

Acostumbrarse a vivir en su lugar, va a resultar sin dudas, mucho más fácil que la pesada carga de caminar tanto tiempo en zig-zags, en soledad, desesperando, sin cruzarse en tan largo camino, con las debidas referencias que le hubieran acortado el tiempo de viaje. Pero ahora parece que todo eso cambió, fulminantemente, si es real lo que uno mira una y mil veces.

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